domingo, 29 de abril de 2007

Sevilla y Lorca

Sevilla es una torre llena de arqueros finos. Sevilla para herir. Córdoba para morir. Una ciudad que acecha largos ritmos, y los enrosca como laberintos. Como tallos de parra encendidos. ¡Sevilla para herir! Bajo el arco del cielo, sobre su llano limpio, dispara la constante saeta de su río. ¡Córdoba para morir! Y loca de horizonte, mezcla en su vino lo amargo de Don Juan y lo perfecto de Dioniso. Sevilla para herir. ¡Siempre Sevilla para herir!

viernes, 13 de abril de 2007

Sevilla mia

A las acacias les falta literatura, como les sobran malos versos al azahar. La imagen global de las dos más bellas estaciones de Sevilla la dan dos árboles sin literatura: las flores blancas de las acacias negras en primavera, el dorado de las hojas de los plátanos de Indias en el otoño. Acacias y plátanos son los árboles más numerosos en cualquier parte de esta Sevilla maravillosamente verde, donde puedes ir desde el puente de Triana al campo del Betis sin dejar de ver vegetación en ningún instante. Pero aunque acacias y plátanos tienen la mayoría absoluta, no tienen el menor poder a la hora de los tópicos vegetales de Sevilla. Será por su humildad, por su falta de orgullo, que nunca llamaron a poetas para que los cantaran y pusieran como símbolos de la ciudad.
Cualquier recién llegado a la ciudad sabe decirte que la Semana Santa son los días del azahar. Del seguro azar del azahar. Pero ni los más viejos del lugar, ni los cronistas más hondos de lo nuestro dijeron nunca, como ahora proclamamos, que por feria y sus vísperas de toros en la plaza del Arenal son los días de la bellas, blancas, humildes flores blancas de las acacias, que están como mujeres bellas, mocitas casamenteras en el poyetón de las aceras, esperando el piropo que no les llega, el rey de armas de la belleza que desempolve la ejecutoria del bello blasón de su hidalguía de hermosura, tan nobles como los naranjos en flor, pero tan desconocidas.
Tiene la ciudad un calendario de árboles floridos que nunca se ha escrito. Cuando se ha sacado la última papeleta de sitio, están florecidos los violáceos árboles del amor de la Plaza de América. Cuando por la Alcaicería se ve el primer capirote que lleva, orgulloso, un muchacho con su novia, están florecidos los naranjos. Y cuando está la feria ya listada de lonas blancas y rojas, y a la tarde bajan ya los vencejos a la plaza del Arenal, están florecidas las acacias negras con sus flores blancas. Más triunfantes que los naranjos en flor. Más bellas que el azahar. Esperando al poeta que nunca les hizo un madrigal enamorado